jueves, 13 de marzo de 2008

Lamento a propósito de un traficante de armas


El siguiente texto no lo he escrito yo, sino Daniel Iriarte Olalla. Él trabaja como periodista para diversos medios escritos, además de dar clases de español aquí en Bangkok. Y además es bueno. Quiero decir, que aparte de saber de lo que habla y del cómo, es buena persona. O al menos eso pienso yo, tras haber compartido con él alguna que otra andanza por esta delirante ciudad repleta de ángeles, y visto lo visto, también de demonios.

Tras leer el séptimo episodio de sus "Cartas desde el río Kwai", he sentido la necesidad de publicar su texto en mi blog. Obviamente le he pedido permiso, y como no podía ser de otra manera en una persona de su estilo, él muy amablemente me lo ha dado.

Por otro lado, tengo que decir que desde que le capturaron el pasado jueves tenía pensado presentaros el perfil Victor Bout en mi blog, aunque creo, sinceramente, tras leer el suyo con detenimiento, que yo no lo hubiera podido hacer mejor. Es el siguiente:

Han detenido a Victor Bout en un hotel de Bangkok. Ni que decir tiene que esta historia me la pone bastante dura: un súper-traficante de armas (al que hace años que le sigo la pista, por mera curiosidad: hasta he escrito sobre él en La Clave) capturado en la ciudad del Sudesde Asiático en la que resido...

Sucede que hace pocas semanas que vi, también en Bangkok, "The Lord of War", la película que presuntamente se basa en la vida de Bout. Y aunque este gran cabrón está sin duda mejor entre rejas, no quería dejar de dedicarle unas líneas. Por la leyenda.

La acusación internacional que en 2003 hizo famoso a Bout le describía así: "Hombre de negocios, comerciante y transportista de armas y piedras preciosas. Traficante de armas en contravención de la resolución 1343 de las Naciones Unidas. Apoyó al régimen del expresidente Charles Taylor en su esfuerzo por desestabilizar Sierra Leona y obtener acceso ilícito a [minas de] diamantes". Además de Taylor, que ahora enfrenta un juicio internacional, fue amigo personal del afgano Massoud, del angoleño Savimbi o del zaireño Mobutu (a quien ayudó a escapar del país tras el triunfo de Laurent Kabila). Habla seis idiomas con fluidez, la mayoría de los cuales los aprendió "viajando", según dice.

Vástago de una familia rusa en Tayikistán, ávido lector de los clásicos rusos (¿y acaso no es la suya una tragedia dostoievskiana?), estudió en el Instituto Militar Soviético para lenguas extranjeras, y después se graduó en economía. Sirvió en la aviación militar soviética, y fue destinado a Mozambique durante los dos últimos años de la guerra civil, y después a Angola. Cuando la URSS se disolvió en 1991, Bout tenía 24 años.

Poco después hizo su primer gran negocio: compró tres cargueros Antonov por 120.000 dólares, e inició una línea de transporte de largo recorrido desde Moscú. Al año siguiente se trasladó a los Emiratos Árabes Unidos, y en pocos años la suya ya era la primera compañía aérea del país. Importaba gladiolos de Sudáfrica por 2 dólares y los vendía a 100. "Mejor que imprimir dinero", según su asistente personal, el sirio-americano Richard Chichakli.

Y en el emirato de Sharjah, descubrió que desde allí podía volar a sitios como la República Centroafricana o Liberia sin que nadie le hiciese preguntas. Y decidió llevar a África lo que África pedía en ese momento. No eran gladiolos.

Entró en contacto con los traficantes de armas Alexander Islamov y Leonid Minid, y les ofreció sus aviones para llevar su producto a donde necesitaran. "No es asunto mío qué hay en la carga", decía en aquella época. Pero no tardó mucho en darse cuenta de que el verdadero negocio lo hacían los que sí sabían qué había en los containers, y decidió realizar sus propios envíos, controlando todas las fases del proceso.

A partir de ese momento, Bout vendió armas en Somalia, Sierra Leona, Congo, Liberia, Colombia, Irak, Afganistán, a todo aquel que pudiese pagarlas, incluyendo a Al Qaeda, según la revista Time. Se cuenta -en un episodio que ya es parte del folclore de los traficantes de armas- que en 1995 uno de los envíos de Bout a Afganistán (que estaba armando a las tropas de Rabbani y Massoud) fue capturado por los talibanes, que retuvieron a la tripulación en Kandahar durante casi un año. Hasta que un día, los pilotos -hombres duros como el acero estalinista- redujeron a sus captores, atravesaron el aeropuerto hasta el avión de Bout, despegaron bajo un intenso fuego antiaéreo y consiguieron regresar a Sharjah. Pero, al parecer, la realidad es algo más compleja: los pilotos habrían sido rescatados por la inteligencia rusa, que utilizaba a Bout para armar a la Alianza del Norte contra los "Freedom Fighters" devenidos en talibanes (y en aquella época todavía aliados de los EE.UU., recordemos).

Los aviones de Bout también transportaron cascos azules a Somalia y Timor Oriental, y a paracaidistas franceses durante el genocidio de Ruanda, porque sus tarifas eran muy competitivas. Durante la llamada "guerra mundial africana" (los conflictos del África central en los que cada país intervino a placer en el estado vecino), el nombre de Bout empezó a sonar insistentemente entre mercenarios, fuerzas de pacificación y combatientes irregulares. Los periodistas empezaron a preguntarse quién era ese misterioso "hombre de negocios ruso" que volaba en sus Ilyushin (aviones capaces de aterrizar en casi cualquier parte) y del que todo el mundo hablaba. Pagaba 10.000 dólares por viaje a sus pilotos, quienes a menudo tenían que aterrizar en pistas de tierra bajo fuego intenso. Para 2000, era imposible ignorar la importancia de Bout. "Se había convertido en el McDonalds del tráfico de armas", afirma Alex Vines, de Amnistía Internacional.

Fascinado por su propia leyenda, a veces -muy pocas- concedía alguna entrevista para puntualizar algún dato, como su supuesta pertenencia al KGB, que desmintió. Y llegó el 11-S: "Un día me desperté y era el segundo después de Osama", explicaba Bout. Como en la película, en la vida real también tenía su némesis: el investigador belga Johan Peleman, quien proveyó a las Naciones Unidas de la mayor parte de la información disponible sobre Bout. Pero a pesar de pender sobre él una orden de busca y captura internacional, habiendo sido perseguido por la administración Clinton y las autoridades belgas y calificado públicamente de "Mercader de la Muerte" por el primer ministro británico Peter Hain, Bout residía tranquila, aunque secretamente, en Moscú, al parecer tolerado, si no protegido, por un gobierno Putin a quien le era más útil un Bout suelto y operando fuera del país que uno capturado en Rusia y reclamado internacionalmente.

"La muerte no tiene que ver con las armas. Tiene que ver con los hombres que las usan", afirmó en una ocasión. Lo que Bout evitaba comentar era que muchos de esos países en los que negociaba estaban bajo un embargo de Naciones Unidas, lo que convertía su negocio en ilegal.

El pasado jueves, a los 40 años, Bout fue capturado en un hotel de Bangkok mientras negociaba una venta de armas a las FARC.

Así que, perdonadme, pero ese lamento al que hace referencia el título no es por los huesos de Bout, a quien, opino, le sentaría estupendamente una bala entre ceja y ceja. Es por todos aquellos que se mataron con las armas que Bout llevó a África, a Afganistán, a todos esos lugares malditos de estos últimos años. Quizá pocas de esas personas fuesen verdaderamente inocentes. Pero sigue siendo una historia triste.

Sí, es cierto: si no fuese Bout, habría sido otro el que hubiera puesto el fusil en sus manos. Pero fue Bout.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Daniel Iriarte es viejo amigo y me ha hecho ilusión encontrarme con este texto suyo. Siempre escribió muy bien.
Si puedes, dale un abrazo de parte de su amigo Jose Rueda (y pensar que hace unos meses estuve por Bangkok...)